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Inicio - Cultura - Sor
Isabel de Jesús
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Sor Isabel de Jesús
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exactamente 350 años, el 9 de junio de 1648, a las nueve de
la noche, expiraba Sor Isabel de Jesús, la Venerable Madre
navalqueña, en el Convento de San Juan Bautista de las Agustinas
Recoletas de Arenas de San Pedro, donde había vivido por espacio
de veintidós años. Aún no había cumplido
los 62 años, pues había nacido en Navalcán donde
consta que fue bautizada en la Parroquia de Nuestra Señora
del Monte, el 16 de noviembre de 1586. El P. Ignacio, que la conoció
y trató con verdadera devoción, nos describe así
la enfermedad y muerte de esta Santa navalqueña: “Por
el mes de diciembre de 1647 la previno el Señor, revelándola
que la quería llevar de este mundo. Una asfixia exterior la
ahogaba; andaba muy tullida y casi sin movimiento en las manos. Antes
de morir, el mes último, estuvo muy apremiada de dolores, fatigas
y sequedades, ejercitándose en la paciencia, fortaleza, resignación
y demás virtudes… Murió teniendo diez días
antes un pie sobre otro, y extendidas las manos en forma de cruz.
Quedó su rostro como la nieve, aunque esta blancura no la vieron
sino tres religiosas, pero todas la vieron risueña y alegre,
y todo el cuerpo tan tratable, después de helado, como si estuviera
vivo”. Fue enterrada en su Convento de Arenas de San Pedro (Ávila).
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Atrás
quedaban sus veintidós años de monja agustina recoleta
y sus otros tantos años de casada, en Navalcán, su infancia
y su adolescencia. De todo ello se conserva un hermoso libro titulado
Vida de la Venerable Madre Isabel de Jesús, que viene a ser
una autobiografía dictada por ella misma al P. Ignacio Francisco
del Castillo, publicada en Madrid en 1672. Recientemente, en 1989,
el P. Eugenio Ayape publicó un trabajo sobre Sor Isabel de
Jesús y la otra entrañable monja navalqueña,
Sor Isabel de la Madre de Dios, sobrina de la anterior, libro titulado
Historia de dos monjas rústicas del siglo XVII.
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Sor Isabel
de Jesús, que tantos años vivió en Navalcán,
por cuyos montes fue pastorcilla y correteó a orillas del río
Tiétar, nos cuenta en su autobiografía muchas cosas
curiosas vividas en su infancia y adolescencia: “Digo, para
gloria y honra de su divina Majestad, que soy una pobre labradora,
hija de padres católicos por la bondad y misericordia de Dios.
Eran naturales del lugar de Navalcán, tierra del Conde de Oropesa.
Mi padre se llamaba Juan Sánchez Agustín y mi madre
María Jiménez. Tuvieron nueve hijos. Yo fui de los menores.
Criéme al campo, guardando ovejas con mis hermanos. No me acuerdo
en toda mi niñez hallarme en el lugar con otras niñas,
como se acostumbraba a jugar unas con otras. No me parece conociera
otra casa si el campo, en el que estuve hasta que me casaron, siendo
de edad de catorce años, y andaba en quince cuando me pusieron
en estado”.
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Como ella
misma afirmó la obligaron a casarse con un señor muy
mayor, tan mayor que ya no tenia dentadura y esto le afeaba el rostro.
Ella no quería por la diferencia de edad, pero su cuñado
la obligó y vivió atormentada cerca de veinte años.
Tuvo tres hijos con él y todos murieron de corta edad, el mayor
no llegó a los tres años. Estuvo casada veinticuatro
ó veinticinco años.
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Su madre
siempre la educó en el temor de Dios y en las prácticas
religiosas y obras de caridad: “Acuérdeme que, como yo
era pastorcilla, me decía que rezase el rosario y que fuese
muy devota de la Madre de Dios. Me repetía mi madre que me
encomendase a la Virgen, sobre todo cuando fuese tras el ganado en
el monte, porque esta Señora tenia mucho amor a los pastoras,
y se había aparecido a muchas, y a su Santísimo Hijo
también”.
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Después
que su madre murió y también su esposo y una hermana,
decidió dar un giro a su vida. Cada día vivía
una vida de más entrega a Dios. Visitaba con gran frecuencia
la Iglesia para saludar a su madre la Virgen del Monte. En su fervor
llegó a tirar a un pozo las galas y arreos de novia que tenia.
Ello significaba que abandonaba el mundo y apetecía la vida
religiosa.
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Comenzaron,
entonces, a denominarla “la santurrona”. La tenían
por loca, endemoniada y profetisa. La llevaron ante sus familiares
a Talavera de la Reina e incluso a Arenas de San Pedro para entregarla
a santos varones, que tenían el raro poder de ahuyentar los
demonios.
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En el
año 1623 partió hacia Arenas de San Pedro para servir
en casa de una señora, pero abandonó porque nada más
que hacía organizar banquetes, bailes y entretenimientos. Más
tarde conoció a una señora “piadosa” y invitada
por ella fue a servir a una enfermería. En esta ocasión
tomó el hábito de Terciarias de las Descalzas. Hasta
el 14 de abril de 1626 entró en el Convento de las Agustinas
Recoletas con cierto rechazo por parte del Vicario del Convento, el
Padre Garay Alonso de Olmedo, morando en él veintidós
años, ya que en 1648 falleció. Sor Isabel de Jesús
vivió en la pobreza, tan amante era de ella que sólo
comía mendrugos de pan que remojaba en agua por estar estos
muy duros.
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La leyenda
cuenta, que cuando Sor Isabel De Jesús partió para Arenas
de San Pedro, en el camino del lugar conocido como Los Altos de la
Peña, quedó grabada en una piedra la huella de sus pies.
Hoy el lugar es aún tenido en devoción y los muchos
Navalqueños que pasan por allí, dejan unos curiosos
nudos en las retamas cercanas a modo de ex-votos ó agradecimiento
por favores recibidos de la “santa” monja Navalqueña.
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